La transición hacia modelos sostenibles se ha convertido en una necesidad. Las entidades enfrentan regulaciones laborales, corporativas y fiscales, así como expectativas sociales cada día más altas y riesgos climáticos que pueden afectar su operación; adicionalmente, surge el concepto de neutralidad de carbono, el cual es el estado en el que las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) generadas por una entidad se equilibran completamente mediante reducciones internas y compensaciones externas verificadas.
Convertirse en una entidad de este tipo no debe ser una moda, pues implica disciplina, metodología y transparencia, además de que requiere medir la huella de carbono, establecer objetivos, así como implementar acciones para reducir y compensar las emisiones residuales que no pueden eliminarse. Este proceso constituye un compromiso social con la mitigación del cambio climático y donde el gobierno corporativo es una pieza fundamental para lograr el objetivo.
Para una organización, ¿qué significa ser una entidad con neutralidad de carbono?
Se trata de aquella entidad que logra un balance neto de cero emisiones de dióxido de carbono (CO2) equivalente, lo cual no implica eliminar al 100% todas las emisiones, sino reducirlas al máximo posible y compensar el resto mediante procesos que capturan, reducen o evitan emisiones en otra parte del mundo. Para lograrlo, las entidades deben considerar las tres categorías de GEI:
Emisiones de GEI directas alcance 1: aquellas generadas por fuentes controladas por la entidad (como combustibles para vehículos o equipos).
Emisiones de GEI indirectas alcance 2: asociadas con la electricidad o energía adquirida.
Otras emisiones de GEI alcance 3: cadena de suministro, transporte, viajes de negocios, residuos, logística y uso de productos.
La neutralidad de carbono reconoce que algunas emisiones son inevitables en ciertas operaciones. El secreto está en controlar, innovar y mantener una responsabilidad continua sobre el impacto ambiental.
Una entidad con neutralidad de carbono requiere reducir emisiones mediante procesos, así como verificar el método para garantizar su legitimidad.
Fase 1: medición de la huella de carbono
Ninguna entidad puede gestionar lo que no mide. El primer paso es realizar un inventario de GEI basado en metodologías reconocidas internacionalmente (como la norma ISO 14064 o el protocolo de GEI). Este proceso incluye: levantamiento de datos de consumo energético, registro de combustibles utilizados en operaciones y flota vehicular, medición de residuos sólidos y aguas residuales, evaluación de la cadena de suministro (proveedores críticos), identificación de actividades indirectas relevantes, así como reporte de viajes, transporte interno y externo.
El inventario debe efectuarse sobre un periodo anual; después, los datos se convierten en toneladas de CO2 equivalente, utilizando factores de emisión oficialmente aceptados. Esta fase es crucial porque determina la base sobre la cual se construirá el plan de reducción.
Fase 2: reducción de emisiones
Una vez identificadas las principales fuentes de emisiones, la entidad debe desarrollar un plan estratégico de reducción basado en prioridades, viabilidad técnica y retorno ambiental. Entre las acciones más comunes se encuentran:
Transición energética: sustitución de iluminación por tecnología Light Emitting Diode (LED), donde se utilizan diodos para producir luz; optimización de sistemas de aire acondicionado y calefacción; instalación de paneles solares o contratos de energía renovable; y automatización de equipos para reducir consumos ociosos.
Eficiencia operativa: reducir el uso de papel mediante la digitalización de documentos, implementar procesos y políticas para reducir el consumo de energía, así como mantenimiento preventivo de equipos para mejorar su rendimiento.
Movilidad sostenible: sustitución gradual de vehículos de combustión por eléctricos o híbridos, optimización de rutas para disminuir kilómetros recorridos, fomento del trabajo remoto parcial para reducir traslados y promoción del uso de transporte público o bicicletas.
Gestión de residuos: programas de reciclaje y reutilización, reducción de empaques o sustitución por materiales reciclables, mejoras en la separación de desechos y contratación de proveedores certificados para la disposición final.
Impacto indirecto en la cadena de suministro: muchas entidades encuentran la mayor parte de sus emisiones en el alcance 3, por lo que se sugiere solicitar a proveedores reportes de GEI, seleccionar a los que cuenten con prácticas sostenibles, establecer requisitos ambientales en contratos y capacitar proveedores sobre la gestión de emisiones.
Reducir emisiones requiere inversiones iniciales; el retorno económico, dependiendo de la inversión, puede darse a mediano plazo por ahorro energético, eficiencia operativa y reducción de residuos.
Fase 3: compensación de emisiones residuales
Una vez agotadas todas las posibilidades de reducción, las emisiones restantes pueden compensarse mediante créditos de carbono; estos representan una tonelada de CO2 equivalente reducida, capturada o evitada mediante proyectos certificados.
Los proyectos de compensación pueden incluir reforestación y restauración de ecosistemas, captura y almacenamiento de carbono en suelos y bosques, energías renovables, manejo de residuos con captura de metano, así como la conservación de áreas naturales y protección de la biodiversidad.
Fase 4: verificación, certificación y comunicación
Para aumentar la confianza, se sugiere contratar un servicio de aseguramiento para que revise el inventario de emisiones, la metodología aplicada, los proyectos de reducción y las compensaciones adquiridas. Esta revisión brinda credibilidad ante inversionistas, clientes y autoridades.
Una vez que se cuente con el informe y si la opinión es favorable, la entidad puede emitir una declaración formal de neutralidad de carbono, obtener certificaciones reconocidas, publicar un informe de sostenibilidad o reporte anual de emisiones y comunicar externamente su compromiso con la acción climática.
La comunicación debe ser transparente y precisa, evitando exageraciones o afirmaciones engañosas que puedan interpretarse como greenwashing.
Fase 5: mejora continua
Alcanzar la neutralidad no es un fin en sí mismo, sino un proceso permanente. Cada año la entidad debe actualizar su inventario, medir el impacto de sus acciones, ajustar su plan de reducción, revisar proveedores y tecnologías emergentes, así como comunicar a su cadena de valor sobre los avances.
Este enfoque evita retrocesos y permite que la entidad evolucione hacia objetivos más ambiciosos, como la reducción absoluta de emisiones o el compromiso de cero emisiones netas.
La neutralidad de carbono constituye un compromiso social con la mitigación del cambio climático y donde el gobierno corporativo es una pieza fundamental para lograr el objetivo.
Beneficios de ser una entidad con neutralidad de carbono
Además del impacto ambiental directo, la neutralidad de carbono aporta ventajas estratégicas, es decir, mejora la reputación corporativa, aumenta la confianza de las partes interesadas, prepara a la entidad ante regulaciones más estrictas, se reducen costos operativos mediante mayor eficiencia, atrae talento interesado en entidades responsables, facilita acceso a financiamiento sostenible y contribuye a la competitividad en mercados globales.
Conclusiones
Ser una entidad con neutralidad de carbono es un compromiso integral que combina innovación, gestión administrativa y responsabilidad en criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ASG). Requiere medir la huella de carbono, reducir emisiones mediante procesos, compensar de manera ética las emisiones restantes y verificar el método para garantizar su legitimidad.
El camino hacia la neutralidad no sólo beneficia al planeta, también mejora la eficiencia operativa, fortalece la reputación, construye resiliencia y posiciona a la entidad dentro de las tendencias globales de sostenibilidad. Convertirse en una entidad con neutralidad de carbono es posible, medible y alcanzable.
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José Luis Zamora
Socio de BHR México – CDMX
07 de enero de 2026
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